Cambio en los 25 y en la madurez

Si hay un concepto que me llega con claridad del budismo es el de la IMPERMANENCIA: en la vida absolutamente nada permanece, todo está sujeto a un cambio constante. Sin embargo, hay épocas de nuestra vida en las que el cambio se hace especialmente patente.

Una de ellas es la etapa postuniversitaria, o en todo caso, cuando dejamos de ser estudiantes, no podemos aferrarnos a la despreocupación, buscamos integrarnos en el mundo laboral sin saber con claridad qué queremos, y sobre todo, desde dónde lo vamos a hacer.

Muchas veces se produce un movimiento automático y tomamos decisiones sin demasiada reflexión y otras, en cambio, con mucha carga mental.

Propongo PARAR (en realidad, lo propongo siempre), y atender a nuestro criterio íntimo que conoce nuestros talentos y pasiones, nuestras habilidades y flaquezas, y desde ese lugar, ir afrontando nuestras elecciones.

Se trata de hacerse “ADULTO” y puede aparecer una de las primeras sensaciones de vértigo existencial: de repente me tengo que hacer cargo de mí, tarea apasionante si se aprende a vivir como un reto, en un continuo diálogo entre la VIDA y mi SER más profundo.

Llenemos esa sensación de vacío de lo que realmente queramos: entreguémonos a nuestra actividad, busquémosle su sentido, hagamos de nosotros alguien que nos guste, elijamos pareja sólo si es lo que queremos y sentimos, construyamos a alguien consciente de su valor y construiremos un mundo también valioso.

Y otro de los momentos clásicos en la vida en que aparece el cambio unido a una sensación de vacío es en la madurez: quizás nos hayamos estabilizado profesionalmente, hayamos criado a nuestros hijos, casi pagado la hipoteca, dejado de mirar a nuestra pareja…..síndrome del nido vacío, o lo que es lo mismo: ¿Qué hago ahora con mi vida después de habérmela pasado en un hacer constante? 

¿Qué sentido tiene ahora mi vida? ¿Qué propósito? Y todo esto acompañado de vaivenes hormonales que no lo hacen más fácil.

¿Y ahora qué?

¿Paramos? Vamos a contactar con la VERDAD silenciosa que somos: no hay un tiempo vivido o por vivir, con unos planes más o menos definidos. Hay VIDA y sólo contactando con su latido diario podemos actualizar nuestra potencia y sentir nuestra propia plenitud.

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